El barrio de la Temeridad (segunda parte)
Graciano Jiménez Moreno
Nos desplazamos ahora hasta mediados del siglo pasado para recordar una parte de la historia un poco más cercana del barrio de la Temeridad. Para ello
visitamos a Nieves Bódalo Jiménez en su casa de la calle Tolón número 17, casa en
la que nacieron ella y sus hermanos (José Antonio, Felipe y Julio) y en la que
vivieron sus padres (José y Julia) y su abuela Prisca, cuyo nombre se ha
convertido en el apelativo por el que se conoce a esta familia en Munera.
Nieves es, además, prima segunda del que esto escribe por la rama Jiménez. En el
espacio que ahora ocupa el salón en el que nos encontramos, justo en la esquina
que formaba la casa con un pequeño patio ahora ya cerrado, montaron los padres
de Nieves una pequeña tienda. Nos cuenta nuestra anfitriona que su padre había
comenzado su actividad comercial vendiendo por las aldeas, al principio
comestibles y después un poco de todo. En la tienda vendía inicialmente piensos
y pronto fue ampliando con otras mercancías: comestibles, paquetería, frutas,
vinos y artículos diversos. La tienda cerró sus puertas definitivamente en los
pasados años setenta.
Comenzamos nuestro recorrido por el barrio de la Temeridad rememorando algunos negocios y vecinos de la calle Tolón en aquella época. En el número 1, en la esquina con la calle Adolfo Bas, junto a la placeta que forma la calle Doctor, tenía José María Giner el Pañero, una tienda en la que vendía géneros variados (paquetería, mercería, pañería, calzados, ferretería…). José María pertenecía a una familia de comerciantes, oriunda de la localidad valenciana de Enguera, que forma parte de la historia del comercio en Munera; sus hermanos Juan Manuel y Enrique y las siguientes generaciones continuaron con la actividad comercial en el pueblo. Al lado de la tienda de José María vivió Julio el albañil y, un poco más adelante, el popular pregonero Saturno, a quien ya citamos en nuestro paseo por la calle de la Bella Quiteria por haber vivido en ella al final de su existencia. Hemos de recordar otra vez a este conocido personaje con su gorra de plato, la trompeta y su peculiar manera de anunciar los productos de los comerciantes. Un poco más adelante, en el número 13, estaba el horno y despacho de pan, también vivienda, de Francisco Jiménez Hernández, pariente lejano de mi familia. El recuerdo del horno me traslada a tiempos pasados, cuando viví parte de mi niñez en la cercana calle de la Bella Quiteria y mi madre me mandaba a comprar el pan al horno de Paco Costal, como era conocido en el pueblo. Después de Paco la actividad del horno la continuaría Vicente de Lamo Atencia ya a finales de los años 60. El joven Vicente había estado trabajando en Suiza unos años y cuando volvió para hacer la mili apalabró con Paco el arrendamiento del horno. Durante poco más de un año estuvo al frente del mismo, funcionando mayormente como horno de poya, es decir, cobrando el pago o poya a los particulares por la cocción de sus panes y productos en el horno. Además de la venta en el despacho, Vicente se encargaba de recoger los escriños en las casas, cocer las masas y devolver el producto cocido. En algunas ocasiones, el pago de la poya se realizaba en especie con el número de panes acordados. Vicente cedería después el local con su maquinaria a su suegro Miguel Varea durante un poco tiempo.
Anuncios publicitarios del horno de Paco Costal y de la tienda de José Bódalo (anunciada a nombre de su hijo José Antonio) en el programa de feria del año 1963.
Justo al lado del horno, en la casa de Ángel, separada de la tienda de los padres de Nieves por el pequeño patio ya mencionado, se despachaban comestibles como patatas, fruta, vino, y otros productos básicos. La lista de vecinos de la calle, solo en aquella época, sería demasiado extensa para la pretensión de este artículo. En la misma acera podemos recordar a Juan Manuel de la Casa Calvo y a Vicente Peinado Sánchez el Aguja, guarda de la Casa Nova. Volvemos al principio de la calle Tolón para fijarnos en el lado de los números pares. Después de las portadas que fueron del transportista Tomás Esteso, se encuentra el conocido como patio de Santa Rita. En este patio, al fondo, tenía el anteriormente referido José María el Pañero una bodega en la que elaboraba el vino que vendía a sus parroquianos. Posteriormente José María vendió la bodega a los hermanos Francisco y Blas Fernández propietarios del bar El Tranco. Hay que recordar también a Paco el lañador, así conocido porque recomponía con lañas las vasijas de barro o loza agrietadas y tapaba con estaño los agujeros de ollas y sartenes para alargar en lo posible la vida de esos utensilios. Más adelante y en ese orden, salen por la derecha las calles Maldonado y Juventud. Hacia el final de este lado de la calle se encontraba el horno de Francisco Toribio.
Casa en el patio de Santa Rita (calle Tolón) / Foto
Graciano Jiménez
Vista parcial actual de la calle Tolón / Foto Graciano
Jiménez
Casa antigua en la calle Juventud / Foto Graciano Jiménez
Un poco más adelante, frente a la
calle Doctor, hubo hace bastantes décadas un horno de pan cocer al que llevaban
las vecinas las masas que preparaban en sus casas para ser horneadas por el
encargado del establecimiento. A continuación encontramos la casa que construyó
Juan Antonio García, Crispina, y que más tarde fue vivienda durante algún
tiempo de un matrimonio que forma parte de la historia sanitaria de Munera: don
Miguel Gallego Gallego y doña Sara López Pacio, quienes ejercieron
brillantemente, con dedicación absoluta, su profesión de practicantes durante
décadas en Munera, y como reconocimiento a su labor les fue dedicada una de las
calles de la localidad.
Vista parcial actual de la calle Tomasillo / Foto
Graciano Jiménez
Llega el momento de acabar la amena
charla con Nieves y en plena despedida llega su marido Antonio Ruiz García,
buen aficionado taurino; no queda más remedio que quedarnos unos minutos más hablando
de toros, reviviendo tiempos ya lejanos de la peña taurina Palmas y Pitos y de
nuestras participaciones como aficionados prácticos en diversos eventos.
No ha resultado fácil poner fin a nuestra
visita al barrio de la Temeridad. Habría que recordar todavía una buena parte
de su historia, de las personas que lo habitaron y de las que forman parte de
él. Actualmente apenas se conserva alguna fachada que recuerde su antigua
apariencia. Las reformas y nuevas construcciones a las que el paso del tiempo
obliga han modificado necesariamente el aspecto que tuvo el barrio. No
obstante, un paseo por sus calles, sus recodos y sus patios aún permite
disfrutar de su peculiar trazado.
Nos alejamos con cierta nostalgia
pensando que el único elemento que recuerda el nombre de tan histórico barrio,
el más antiguo de nuestro pueblo, es un añejo, roto y abandonado azulejo que ha
permanecido olvidado durante décadas en una vieja fachada, y en el que las pocas
letras azules que aún se conservan apenas permiten intuir su leyenda: CALLE DE
LA TEMERIDAD.










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