La calle del Altozano
Graciano Jiménez Moreno
El nombre de
la calle del Altozano coincide con el que antiguamente se utilizaba para
denominar el barrio que formaban las casas que había entonces en esa zona de la
localidad. El centro del barrio era la pequeña placeta que se forma en la
intersección de las actuales calles Altozano y Concepción, tal y como puede
observarse en el plano elaborado en 1885, apenas hace siglo y medio, por el
entonces denominado Instituto Geográfico y Estadístico. Tal denominación se
corresponde con las características geográficas del lugar, ocupando esa
placeta, conocida popularmente como el Altozano, una explanada, aunque con
alguna pendiente, a la que se llega tras la fuerte subida que lleva al pueblo
desde poniente.
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Fragmento del plano de Munera con el barrio del Altozano elaborado por el Instituto Geográfico y Catastral en el año 1885
En escrituras
de compraventa del siglo XVIII se encuentran referencias al altozano para
describir la ubicación de algunas casas: «la calle que baja del altozano», «la
calle que baja desde la del pozo de la cañadilla para el altozano», «esquina
del altozano…alindando con las dos calles del altozano». Encontramos datos
bastante precisos sobre el barrio del Altozano en uno de los documentos
elaborados con motivo del llamado Catastro de Ensenada. En efecto, en el libro
de las casas y seculares, fechado en 1752, consta que el barrio estaba
compuesto por 22 casas, la mayoría de ellas disponían de cámara además de la
planta baja y de patio y la mitad tenían también corral.
La actual
calle del Altozano recibió de manera oficial ese nombre en el año 1861, cuando en
cumplimiento de dos reales órdenes de 1858 y 1860 se asignaron los nombres y
los números a las calles y casas de Munera, respectivamente.
Hemos
quedado con Bautista Moreno Cañizares, vecino de esta calle de toda la vida,
para que nos hable de sus recuerdos en ella y de la historia del taller que su
abuelo fundó a finales del siglo XIX en la casa señalada actualmente con número
18. Bautista representa la tercera
generación de aperadores de su familia. Conviene recordar cuanto antes que el
oficio de aperador consistía en la fabricación, mantenimiento y reparación de
los aperos de labranza, especialmente de los carros y carruajes de tiro; ha sido
por lo tanto una profesión fundamental, sobre todo en el ámbito rural, cuando
la tracción animal era la principal fuerza motriz.
Para llegar a
la calle del Altozano desde la plaza de la Constitución, donde me encuentro, inicio
la bajada por la calle de la Virgen, entre el edificio del Ayuntamiento y la
esquina del casino La Amistad, y apenas recorridos 90 metros surge por la
derecha la calle Altozano. A partir de ahí sigue ininterrumpidamente en dirección
norte hasta terminar en la calle del Pozo después de unos 400 metros. A lo
largo de su recorrido presenta varias intersecciones. Primeramente, surge por
la derecha, con una fuerte cuesta, la calle de Doña Ana, que la comunica con la
calle del Calvario. En este primer tramo nos viene el recuerdo de la tienda de «Juanito»,
en el número 2 de la calle, en la que Juan Giner vendía principalmente artículos
de paquetería y coloniales. Hay que recordar que durante varias generaciones
los miembros de la familia Giner, originaria de la localidad valenciana de Enguera,
se dedicaron al comercio y regentaron varios establecimientos en Munera.
Un poco más
adelante pero en la otra acera, en una construcción baja y de escasa estética
que muestra el número 1 en su fachada, se encuentran las instalaciones de
Telefónica. Este lugar carecería de mayor relevancia si no fuera porque allí,
hace décadas y durante años, estuvo la llamada escuela de doña Amparo, el viejo
centro educativo por el que pasaron varias generaciones de jóvenes de nuestro
pueblo. En este punto, es preciso detenernos y recordar algunos aspectos
biográficos de la mencionada maestra.
Doña Amparo
Gavidia Murcia (1925-2025) había nacido en la localidad valenciana de Ayora.
Con 21 años llegó a Munera, donde pasó la mayor parte de su vida ejerciendo
como maestra nacional. Parte de su labor docente la desempeñó en la escuela
antes mencionada de la calle Altozano, posteriormente en el Colegio Público
Cervantes en el que llegó a ocupar el puesto de directora. Fue primera
bibliotecaria de la biblioteca municipal, impulsora junto a su marido del
Concurso Literario Molino de la Bella Quiteria y autora del libro Diccionario munerense. En reconocimiento
a su labor educativa y a su implicación en la divulgación cultural fue nombrada
Hija Adoptiva de Munera. En el ámbito familiar cabe recordar que estuvo casada
con el que fue cronista oficial de la villa de Munera, Enrique García Solana,
de cuyo matrimonio nacieron dos hijos María Dolores y Enrique, periodista, ya
fallecidos.
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| Doña Amparo con sus alumnas en la escuela de la calle Altozano / Foto cedida por Filo Moreno Galletero |
Continuamos
nuestro camino hacia la casa de Bautista, situada entre la calle de Doña Ana y
el Altozano. A través de las portadas de la calle accedemos a un cuidado patio donde
nos recibe nuestro amigo anfitrión y en el que, entre otros elementos
decorativos, vemos una vieja rueda delantera de galera. Pasamos al taller; en
él todo parece listo para comenzar una jornada de trabajo: cada herramienta colocada
en su sitio y las máquinas listas para su puesta en marcha. Nuestro acompañante
nos descubre algunos datos de los familiares dedicados a este oficio. Su abuelo
paterno, Bautista Moreno Ruiz, fundó el taller en el año 1892, cuando tenía 33
años. Aunque había sido bautizado como Miguel fue conocido con el nombre de
Bautista, que él mismo utilizaba como consta en algunos documentos y puede
verse en la estampilla de tinta que utilizaba comercialmente. Me cuenta mi
acompañante que su abuelo fue aprendiz de peluquero, aunque por un solo día, y
con apenas catorce años decidió irse a Las Pedroñeras a aprender el oficio de
aperador. Tras su aprendizaje trabajó en un pequeño taller al comienzo de la calle Altozano, hasta que montó el actual en la casa que había comprado
en diciembre de 1890. Bautista, el fundador, tuvo tres hijos varones: Domingo,
Anselmo y Bautista Moreno Sánchez. Los tres ejercieron el oficio de aperador en
el taller de su padre, y tras el fallecimiento de los dos primeros quedó como
único continuador de la actividad Bautista, el menor de los hermanos. A su vez,
a este último le sucedió su hijo, Bautista Moreno Cañizares, nuestro anfitrión,
quien continuó desempeñando la profesión de aperador y carpintero hasta su
jubilación en 2005. Con el cierre definitivo del taller se cerraba una etapa de
113 años en la que tres generaciones ejercieron un oficio prácticamente
extinguido en los tiempos actuales.
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| Bautista Moreno Ruiz, fundador del taller de carruajes, con su esposa, los hijos Domingo, Anselmo y Bautista, también aperadores y sus hijas / Foto cedida por Bautista Moreno Cañizares |
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| Vista actual del taller de Bautista / Foto: Graciano Jiménez |
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| Sello original utilizado por Bautista Moreno Ruiz / Cedido por Bautista Moreno Cañizares |
El tiempo
pasa rápido y aún tenemos que hablar de la calle. Me recuerda Bautista que al
principio de la calle, enfrente de la escuela de doña Amparo, anteriormente
mencionada, hubo un barbero y zapatero llamado José Antonio y que justo enfrente de la calle Doña
Ana, en la casa que se encuentra en estado totalmente ruinoso (solo conserva su
vieja fachada) y señalada con el número 7, estaba el horno de Faustino y Piedad
al que Bautista recuerda ir acompañando a su madre, Eloina. Seguimos
recorriendo la calle del Altozano en dirección norte e inmediatamente llegamos
a la pequeña placeta que se forma en la intersección de esta calle y la de la
Concepción (antiguo camino que llevaba al desaparecido cementerio de la
Concepción). De este lugar, conocido por los munereños como placeta del
Altozano, sale en dirección sudoeste la calle Norias, cuya parte inicial
presenta una bajada muy pronunciada. Dejando atrás la placeta, en el lado de
los números impares vivió y ejerció su oficio Agustín el sastre, al lado de la
desaparecida carpintería de Jesús. Prácticamente enfrente sale hacia poniente
la calle Corta, así denominada por razones que no creemos necesario indicar. Un
poco más adelante cruzamos la calle Reloj, seguidamente dejamos a nuestra
izquierda la calle La Luna y avanzamos un poco más hasta desembocar en la del
Pozo, final de nuestro recorrido. En esta confluencia y a ambos lados de la
calle tuvieron Los Clemencios una fábrica de tejas y bloques para construcción.
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| Vista actual de la casa donde estuvo ubicado el horno de la calle Altozano / Foto: Graciano Jiménez |
Ha terminado
el paseo pero no la amena charla con el último aperador. De nuevo en su casa,
acompañados ahora por unos amigos comunes, seguimos hablando, recordando tiempos
cada vez más lejanos y dando buena cuenta del aperitivo que Bautista ha tenido
a bien prepararnos en su cocinilla.







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